Falta de afecto en la pareja

Hay parejas en las que el amor sigue estando, pero casi dejó de notarse.

No porque haya ocurrido algo grave. No porque necesariamente exista una crisis profunda. A veces la vida sigue bastante parecida a siempre. Se levantan juntos, organizan el día, hablan de lo que hay que hacer, comparten una cena, miran una serie, se ocupan de los chicos si los tienen y, desde afuera, probablemente nadie advertiría nada extraño. Sin embargo, uno de los dos empieza a sentir que algo falta.

Quizás ya no haya tantos abrazos. O los besos sean cada vez más breves, casi como un saludo. Puede que hayan desaparecido esas caricias que antes aparecían sin motivo, los mensajes afectuosos durante el día, una mirada sostenida, una mano apoyada sobre la espalda al pasar. Cosas pequeñas, aparentemente poco importantes, que justamente por ser pequeñas suelen desaparecer sin que nadie se dé cuenta del momento exacto en que dejaron de estar.

Hasta que un día alguien lo siente.

Y piensa:

“Sé que me quiere, pero hace mucho que no me siento querido/a.”

Esa frase encierra algo que me parece muy importante. Porque amor y afecto no son exactamente lo mismo.

En el libro utilizo el concepto de desnutrición emocional para hablar de esas relaciones en las que la parte práctica de la pareja puede seguir funcionando mientras la emocional empieza a quedarse sin alimento. La sociedad conyugal sigue en marcha, pero aquello que nutre el vínculo afectivo comienza a escasear.

Me gusta la imagen de una planta porque creo que explica bastante bien lo que ocurre. Podemos querer muchísimo una planta, tenerla en el lugar más lindo de la casa y hasta decirle a todo el mundo cuánto nos gusta. Pero si dejamos de regarla, nuestra intención no va a impedir que se seque.

Con una relación puede pasar algo parecido.

Podemos amar a una persona y, al mismo tiempo, dejar de hacer muchas de las cosas a través de las cuales esa persona percibe nuestro amor.

El afecto necesita circular

Supongamos que una persona siente que demuestra amor ocupándose de todo. Trabaja, resuelve problemas, piensa en las necesidades de la familia, hace compras, cocina, se preocupa por que nada falte. Desde su mirada, no puede haber demasiadas dudas respecto de cuánto quiere a su pareja.

Pero quizás el otro diga:

—Sí, yo sé todo eso. Pero necesito que me abraces.

Y ahí aparece una dificultad que es mucho más frecuente de lo que parece.

No todos aprendimos a demostrar afecto de la misma manera. Hay personas muy corporales, que expresan cariño con abrazos, besos, caricias. Otras lo hacen cuidando, acompañando, resolviendo cosas. Algunas necesitan palabras; quieren escuchar “te quiero”, “te extrañé”, “qué lindo verte”. Otras crecieron en familias en las que esas frases prácticamente no existían, aunque hubiese amor.

Ninguna de esas formas es necesariamente mejor que la otra.

El problema aparece cuando damos afecto de una manera que el otro no logra recibir como tal.

Podemos pasarnos años diciendo “pero si yo te demuestro todo el tiempo que te quiero” y tener enfrente a una persona que, con la misma sinceridad, siente que no recibe nada.

Es como si uno hablara un idioma y el otro otro diferente. El mensaje existe, pero no termina de llegar.

Por eso, en una pareja no alcanza con preguntarnos si nosotros creemos estar demostrando afecto. También importa saber si el otro efectivamente lo siente. En el libro planteo justamente esto: no basta con hacerlo a nuestra manera, porque la demostración necesita ser reconocida y recibida por la otra persona como una expresión de cariño.

Tal vez una pregunta muy simple pueda abrir una conversación bastante importante:

“¿Qué cosas hago yo que te hacen sentir querido/a?”

No qué debería hacerte sentir querido.

Qué te lo hace sentir de verdad.

Quizás descubramos que algo que para nosotros parece insignificante tiene muchísimo valor para el otro. Prepararle un café. Preguntarle cómo salió una reunión. Abrazarlo un rato antes de dormir. Dejar el teléfono cuando nos está hablando. Tomarle la mano mientras caminamos.

El afecto suele habitar bastante más en esos pequeños gestos cotidianos que en las grandes declaraciones.

Y justamente por eso también es fácil perderlo.

No solemos decidir conscientemente dejar de ser cariñosos.

Simplemente, un abrazo que aparecía todos los días empieza a aparecer cada dos.

Después una vez por semana.

Más adelante deja de aparecer.

Nadie tomó una decisión.

La costumbre se fue modificando.

Cuando aparece una deuda afectiva

Hay otra situación que puede ir desgastando mucho a una pareja. Es cuando uno siente que durante mucho tiempo ha sido quien se acerca, quien abraza, quien propone, quien busca contacto, quien expresa cariño, mientras del otro lado encuentra muy poco.

Al comienzo quizás eso no tenga demasiada importancia. Hay diferencias de personalidad, momentos distintos, formas diferentes de expresar afecto. Pero cuando la sensación se sostiene, puede empezar a aparecer una especie de cuenta interna.

“Siempre soy yo.”

“Si yo no lo abrazo, no me abraza.”

“Si no mando un mensaje, no me escribe.”

“Si no propongo hacer algo juntos, no hacemos nada.”

Poco a poco puede generarse lo que en el libro llamo una deuda afectiva. Quien siente que da y no recibe empieza a notar que la balanza se inclina demasiado.

Y llegado cierto punto suelen aparecer dos caminos. Uno es el reclamo. La persona empieza a pedir con cada vez más insistencia aquello que siente que le falta.

El otro es más silencioso.

Deja de dar.

No necesariamente por castigo. Puede ser simplemente porque se cansó de acercarse y no sentirse correspondida.

Entonces ocurre algo curioso: con el tiempo, la pareja puede llegar a un nuevo equilibrio.

Ninguno abraza.

Ninguno busca.

Ninguno reclama.

Y desde afuera hasta podría parecer que todo está en calma.

Pero una balanza equilibrada no siempre significa que esté en un buen lugar. También puede estar perfectamente equilibrada en la carencia.

Esto es importante porque hay parejas que pasan años así y terminan normalizándolo.

“Nosotros somos poco demostrativos.”

Puede ser.

Y si a los dos les resulta bien, no hay ningún problema.

No existe una cantidad universal de abrazos, besos o palabras afectuosas que una pareja deba intercambiar para ser saludable.

El problema aparece cuando uno o ambos empiezan a sufrir por esa falta.

Ahí ya no estamos hablando simplemente de un estilo.

Estamos hablando de una necesidad que no está siendo satisfecha.

Pedir afecto sin convertirlo en reproche

Cuando una persona lleva bastante tiempo sintiéndose poco querida, es lógico que aparezca enojo.

Y ahí puede producirse otra de esas contradicciones tan frecuentes en las relaciones: queremos acercarnos y terminamos usando palabras que alejan.

—Nunca me das bola.

—Ya no sos cariñoso/a.

—Antes sí me querías.

—Parece que te da lo mismo estar conmigo.

Detrás de esas frases quizás haya algo mucho más vulnerable:

“Te extraño.”

“Necesito sentirme importante para vos.”

“Quiero sentir que todavía te atraigo.”

“Necesito más contacto.”

Pero eso no siempre es lo que escucha la persona que está enfrente.

Muchas veces escucha una acusación.

Y entonces se defiende.

—No es verdad.

—Siempre estás reclamando algo.

—¿No te alcanza con todo lo que hago?

El resultado es bastante paradójico. Una persona pide cercanía y termina recibiendo distancia.

Por eso puede ser útil intentar expresar el problema desde otro lugar. No con una fórmula rígida ni aprendiendo frases de memoria, sino intentando contar lo que realmente nos está pasando.

“Hace un tiempo siento que estamos menos afectuosos y a mí eso me está haciendo sentir lejos de vos. Extraño que nos abracemos más, que tengamos más contacto. Quisiera saber cómo lo sentís vos.”

La diferencia puede parecer pequeña, pero no lo es.

En lugar de presentar al otro como el responsable de nuestra insatisfacción, mostramos una necesidad y abrimos un espacio para saber qué está ocurriendo del otro lado.

Porque también puede suceder que la falta de afecto tenga una historia.

Quizás haya enojo.

Tal vez una herida que no terminó de cerrar.

Cansancio.

Problemas sexuales.

Estrés.

Una crisis personal.

O simplemente una etapa de la vida que consumió casi toda la energía disponible.

En esos casos, intentar resolver la falta de afecto exclusivamente aumentando los abrazos puede ser como querer arreglar una gotera pintando la pared.

Primero habrá que averiguar de dónde viene el agua.

La llegada de los hijos es un ejemplo bastante claro. En el libro hablo de cómo esa nueva etapa puede modificar profundamente la circulación del afecto y la atención. Durante un tiempo es natural que el bebé ocupe gran parte de ambos, pero si la pareja no logra recuperar después algunos espacios propios, el vínculo puede empezar a desnutrirse.

Algo parecido ocurre con períodos de mucho trabajo, enfermedades, problemas familiares o cualquier situación que obligue a volcar una enorme cantidad de recursos emocionales hacia otro lugar.

Entonces quizás nadie dejó de querer a nadie.

Simplemente dejaron de regar la planta.

Y cuando se dan cuenta, algunas hojas ya están secas.

Pero eso no significa necesariamente que la planta haya muerto.

A veces alcanza con empezar a cuidarla nuevamente.

No hace falta hacerlo mediante grandes gestos. De hecho, probablemente los pequeños sean más importantes porque son los que pueden sostenerse en el tiempo. Recuperar un abrazo al llegar, volver a tocarnos al pasar, preguntar algo con verdadero interés, decir una palabra amable, agradecer, mirar a los ojos, buscar algún momento de encuentro que no tenga otra finalidad que estar juntos.

El afecto es, en buena medida, una práctica cotidiana.

No debería ser una obligación, por supuesto. Si estamos profundamente enojados o emocionalmente desconectados, habrá algo anterior que necesite ser trabajado. Pero cuando el cariño sigue existiendo y simplemente dejó de expresarse, recuperar esos pequeños hábitos puede empezar a modificar bastante el clima de una relación.

En el libro escribo que la ausencia de demostraciones de afecto no significa necesariamente falta de amor, aunque sí debería tomarse como una luz de alerta.

Me sigue pareciendo una buena manera de pensarlo.

No entrar en pánico.

No concluir inmediatamente que todo terminó.

Pero tampoco mirar para otro lado.

Si uno de los dos empieza a sentirse emocionalmente desnutrido, conviene hablarlo antes de que el hambre se convierta en resentimiento.

Quizás la conversación pueda empezar simplemente diciendo:

“Extraño que seamos más cariñosos.”

Hay bastante información dentro de esa frase.

No acusa.

No sentencia.

No afirma que el otro dejó de amar.

Habla de algo que existía, que hoy se extraña y que quizás todavía pueda recuperarse.

Y a veces ese pequeño cambio de enfoque permite que la conversación deje de girar alrededor de quién dejó de dar primero y empiece a orientarse hacia algo bastante más importante: cómo volver a poner afecto en circulación.

Si sentís que en tu relación el cariño se fue apagando y no sabés muy bien por qué, podés conversar con An´nai para intentar ordenar lo que está ocurriendo y diferenciar si se trata de una diferencia en la manera de demostrar afecto, de una necesidad que no está llegando al otro o de algo más profundo que está interfiriendo en la cercanía.

No para medir cuánto amor hay.

El amor no se mide así.

Sino para comprender qué está faltando y si todavía existe entre los dos la voluntad de volver a alimentarlo.

Porque muchas veces el amor no desapareció.

Simplemente hace demasiado tiempo que no encuentra una forma clara de hacerse sentir.

Por Clr. Damián Natalichio
Consultor psicológico, especializado en relaciones de pareja y familia
Autor del libro Manual Práctico para las Relaciones de Pareja

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Clr. Damián Natalichio

Damián Natalichio

Escribe sobre vínculos porque le intrigan más las personas que las teorías, y más las preguntas incómodas que las respuestas rápidas.
Desde hace años observa, acompaña y… Seguir leyendo

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